“Hay que evitar que el mundo lo controle el 1% de la población”

En el torreón noroccidental del centenario edificio modernista de la Alhóndiga de Bilbao, Margaret Atwood confirmó una aporía y una verdad conocida por todos: es la década de las distopías que parecían extinguidas, de las fugas por donde se escapa el porvenir.

No es un oráculo, pero sus libros se leen como revelaciones. Piezas del rompecabezas de la vida ordenadas en alta literatura. Ella, que ha oteado el pasado (El asesino ciego), el presente (Pagar. Con la misma moneda) y atisbado un futuro inquietante del mundo en sus libros (El cuento de la criada), no tiene claro el desenlace del binomio democracia-capitalismo que ha puesto en jaque a parte de Occidente. “No sé hacia dónde va la democracia, pero lo que sí sé es que hay que ser capaces de crear un sistema para ayudar a los pobres y evitar que el mundo y toda la riqueza la controle el 1% de la población como ocurre hoy. En el siglo XXI se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres”, asegura Margaret Atwood (Ottawa, 1939), con una preocupación que intensifica el celeste de sus ojos, en amable interrogación.

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No sé hacia dónde va la democracia, pero lo que sí sé es que hay que ser capaces de crear un sistema para ayudar a los pobres y evitar que el mundo y toda la riqueza la controle el 1% de la población como ocurre hoy

Última parada de Atwood sobre la realidad, después de evocar y desandar su vida como escritora en un viaje iniciado allá por los años cuarenta, muy cerca del círculo polar canadiense. Ese tránsito de ida y vuelta entre la lectura y la escritura lo recordó la poeta, novelista, cuentista, ensayista y ganadora del Príncipe de Asturias de las Letras 2008 antes de la inauguración, ayer, del Festival Internacional de las Letras Gutun Zuria, organizado por Alhóndiga Bilbao, bajo el lema Fábulas del lector/escritor, con autores como John Banville, António Lobo Antunes y Alberto Manguel. Además, acaba de publicar Un día es un día (Lumen), una antología de cuentos sobre mujeres, uno de sus temas capitales.

Desde ese torreón circular de piedra y hormigón, impregnado por las coloridas luces parpadeantes que se cuelan de la gran pantalla colgada del techo del vestíbulo de la Alhóndiga, Atwood avista un horizonte plagado de miedos. A todo lo anterior se suman situaciones desveladoras que van desde un Internet con muchas fugas, una sociedad en la que se espían unos a otros, lo mismo que hacen los gobiernos, hasta los avances vertiginosos en el caso de la ciencia y la tecnología, pasando por el maltrato a la naturaleza.

Ella misma ha advertido de los riesgos de la deriva del ser humano en novelas como Oryx y Crake. Coge un bolígrafo azul, y sobre una hoja traza un círculo que parte en dos con una ese estilizada. El yin y el yang. “Siempre ha sido así. Utopías y distopías”.

Cada libro es un mundo y un diseño y arquitectura único. Hay escritores musicales y visuales. Un libro es un solo libro para muchos lectores únicos y que, por lo tanto, cada uno interpreta a su manera

Las palabras que llevaron a la escritora a hacer ese dibujo surgen de su explicación de que cuando se creía que las distopías habían acabado con Orwell, cayó el Muro de Berlín, en 1989, y resurgieron. El siglo XX fue el de las utopías, dice, “de querer hacer realidad lo descrito en el XIX. La Unión Soviética y la Alemania nazi se presentaban como sociedades utópicas, y se lo creyeron. Fue un siglo de experimentos sociales, solo que nos fue peor que lo descrito en la literatura”.

Ante la pregunta de cómo sería la temática y arquitectura de una novela que refleje el presente, dice, al instante y entre risas: “¡Zombies!”. Y sigue con la broma, pero en esa simplificación hay vida. Lo dice una autora vigilante de la realidad, que denuncia, reivindica, alerta de problemas e injusticias sociales y políticas; lo dice una gran arquitecta de complejas y eficaces estructuras narrativas. ¿Cómo lo hace? “Me vuelvo loca”, contesta entre risas y moviendo de lado a lado su melena blanca ensortijada. “Cada libro es un mundo y un diseño y arquitectura único. Hay escritores musicales y visuales”. Ella se considera de los segundos. Y recuerda que Robert Bringhurst en La voz del significado viene a decir que un pájaro necesita su tiempo para volar, “tener las alas o la arquitectura desde el comienzo no basta para volar”.

Una imagen y una metáfora que cierra su reflexión, iniciada minutos antes sobre el arco que hay desde que empezó a escribir con 16 años y luego a publicar con 27, hasta llegar al medio centenar de títulos hoy. “Un libro es un solo libro para muchos lectores únicos y que, por lo tanto, cada uno interpreta a su manera”. Para ella, siempre presente en las quinielas del premio Nobel, el autor es como un compositor musical, el libro una partitura y el lector su intérprete, el violinista de esa partitura. “Y hay buenos, regulares y malos violinistas; al igual que compositores. Pese a que hay una fantasía posmoderna que dice que cada lector puede interpretar lo que quiera, aunque como en las partituras de Mozar hay una limitación para sus interpretaciones. No son infinitas”.

Lo que tiene claro que ha cambiado es “¡El punto de vista!”. Cuando eres joven, rememora Atwood, con voz suave y expresión entre nostálgica y sonriente, “¡nadie te mira, nadie te critica!, no hay ni espectadores ni críticos. Pero cuando publicas (entonces su rostro se torna ligeramente asombrado y teatral) aparece de la nada ese fantasma llamado crítico y no sabes quién es tu público. Esta es una gran diferencia frente a otras manifestaciones artísticas, como el teatro o el cine, donde los creadores conocen la reacción de la audiencia inmediatamente. Con la literatura, en cambio, no es así”.

No había radio, no había electricidad, no había librerías, no había cines… ¡no había ni gente!, y llovía o nevaba, así es que empecé a leer los libros que había en casa para entretenerme

Ella desde muy niña siempre jugó a intérprete y compositora. Al final se decantó por crear partituras como resultado de muchas lecturas infantiles y otras precoces, escribiendo a mano y luego pasándolo en una máquina de escribir. No hubo un libro revelador que la llevara a ser escritora. Fue un corpus de autores entre los que están Hemingway o Mansfield y la narrativa del siglo XIX donde descubrió que también las mujeres podían dedicarse a escribir.

En ellos, y en otros antes que ellos, está su origen como escritora. En la niña violinista de libros al norte de Quebec cuando hacia los cuatro años empezó a leer porque no había nada que hacer salvo disfrutar de la belleza de la naturaleza. “No había radio, no había electricidad, no había librerías, no había cines… ¡no había ni gente!, y llovía o nevaba, así es que empecé a leer los libros que había en casa para entretenerme”, evoca divertida Atwood. Leyó muchos, entre ellos los de Beatrix Potter oLa isla del tesoro, de Stevenson; y luego más avanzados para su edad como los de Sherlock Holmes, e incluso en la preadolescencia unos que no entendía del todo, como Rebelión en la granja, de Orwell. Así descubrió la primera distopía.

Con este comienzo de su evocación que se haría circular una hora después, Margaret Atwood empezó a echar un vistazo atrás en su vida. Como prólogo, paseó por un pasillo de la Alhóndiga y se sorprendió bañada por una luz azulada que caía de lo alto, levantó la cabeza y vio que el techo era el fondo transparente de una piscina donde las personas se movían dentro del agua como en un sueño.

 

*Winston Manrique Sabogal, 11 Abril 2013

 

Graduados en Derecho demandan a sus universidades por no encontrar trabajo

A Cory Bennett, licenciada en derecho por la University of San Francisco School of Law, nunca se le pasó por la cabeza que, tras las muchas horas invertidas en prepararse para ejercer de futura abogada y los más de 150.000 dólares invertidos en la carrera, acabaría aterrizando en Macy’s, con un sueldo de menos de diez dólares la hora.

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Su historia es parecida a la de miles de licenciados de Derecho en las universidades de Estados Unidos que cada año apuestan por estudiar leyes en facultades de gran prestigio. Estas atraen a sus clientes barajando datos muy atractivos de empleabilidad, con cifras de hasta por encima del noventa por ciento en cuanto al número de graduados que han conseguido integrarse en el mercado de trabajo. Un espejismo que en muchos casos contrasta con la dura realidad de un mercado saturado de abogados y la fuerte competencia de internet.

Los recién licenciados, tras meses de infructuosa búsqueda de trabajo en su campo de especialidad, se ven obligados a tener que aceptar el primer empleo que encuentran en restaurantes, tiendas o lo que sale al paso. Intentan, entre otras cosas, hacer frente a los costosos préstamos que han de devolver a los bancos que han financiado sus estudios, muchas veces por valor de más de 100.000 dólares.

“Doblar camisas en Macy’s es el destino para muchos”, asegura el abogado J.R Parker, representante de varios afectados en California. Cómo van a lograr devolver los préstamos con sueldos de hasta menos de 10 dólares a la hora es la pregunta que ronda en la cabeza de muchos.

La situación se ha hecho tan insostenible que estudiantes de más de veinte universidades de Estados Unidos han emprendido una acción judicial conjunta contra sus facultades. Entienden, en palabras del equipo de abogados Strauss y Anziska que lleva el caso, que “las escuelas han violado las leyes de protección del consumidor de los estados en los que operan, ofreciendo datos engañosas sobre los porcentajes de estudiantes que encontraron trabajo tras graduarse. Los demandantes alegan que sus centros conocían que esas cifras no eran reales, pero las mantuvieron para atraer a más estudiantes. De haber conocido la realidad, muchos aspirantes no se habrían matriculado”.

“Doblar camisas en Macy’s es el destino para muchos”

En California, donde las leyes de consumo son más estrictas que en otros estados, se han admitido las cinco demandas presentadas contra las universidades de San Francisco’s Golden Gate University,SouthwesternSan Diego’s Thomas JeffersonUniversity of San Francisco y California Western School of Low. Estudiar en cada una de estas universidades cuesta una media de 40.000 dólares al año.

Si prosperan las demandas se podría crear un precedente, no solo para California, sino para el resto de los estados. Strauss y Anziska explican que “ el propósito es no solo compensar a los demandantes, sino también cambiar la manera en que las facultades de derecho operan, para que nadie sienta que le han engañado y han frustrado sus expectativas de encontrar un trabajo acorde con sus estudios”.

Las estadísticas de empleabilidad que manejan las universidades están basadas en los criterios de la American Bar Association (ABA), la asociación americana de abogados. Si bien es cierto que esos criterios se han modificado recientemente, tras la demanda presentada por las universidades. El cambio significa que las cifras de empleabilidad son ahora menos atractivas que tiempo atrás.

Michael C. Sullivan, un abogado que representa a las facultades, manifiesta que “las universidades publican los mismos datos que son requeridos por la ABA, aunque debido a que las pautas de actuación han cambiado, ahora los centros deben desglosar el numero de licenciados que han conseguido trabajo en su campo de especialización”.

Y la realidad es que cada vez resulta más difícil para los licenciados en derecho obtener un trabajo. Servicios online y avanzados programas de software suplen la contratación de graduados en derecho con un menor coste y en menos tiempo. Un estudio llevado a cabo en el 2011 entre los estudiantes de derecho arrojó el resultado de que sólo el 55 por ciento de los graduados encontraron trabajo en el campo de las leyes nueve meses después de graduarse. Y en el 2004 había 50.0000 empleos más que en el 2010.

La escasez de empleos se esta traduciendo también en la reducción de estudiantes en las facultades de derecho. Algunos expertos creen que las universidades que ocupan las últimas posiciones dentro del ranking de las mejores facultades de derecho corren el riesgo de desaparecer y que, incluso las mejores, se van a ver obligadas a reducir el numero de alumnos por clase.

La polémica está servida y no ha hecho más que empezar. Ahora habrá que esperar a ver que dictaminan los tribunales.

 

* Vicenta Cobo, El Pais, 11 Marzo 2013